ENTREVISTA AL NUEVO DIÁCONO CARLOS FERRERO MORENO

Carlos Ferrero Moreno (Daimiel) ha sido junto a Francisco José ordenado diácono el sábado día 5 de noviembre en la parroquia de Santa María de Daimiel, su pueblo. Hemos querido tener una charla con él en las vísperas de este acontecimiento.
1. Carlos, ¿Cómo vives estos momentos cercanos a la ordenación? ¿En qué se piensa cuando estás a punto de dar un paso tan importante en tu vida?
Son momentos muy importantes para mí y los vivo con mucha alegría y emoción. También con bastantes nervios. Es para mí un paso muy importante.
Pienso muchas cosas, pienso en todo lo que Dios me ha dado y en que estoy muy feliz. Pienso que Dios me va a dar algo muy grande, demasiado grande para mí pero que sin embargo, es mi sueño y el suyo. Nuestra vocación, sea la que sea, es eso: el sueño de Dios y el nuestro propio. Espero y confío que Dios me dará la gracia para hacer siempre su voluntad y que pueda serle fiel y poder ayudar a todos los que me encuentre a estar más cerca de Él.
2. Tú estabas estudiando una carrera universitaria cuando descubriste la posibilidad de la vocación al sacerdocio. Revive aquellos días y cuéntanos cómo se gestó en ti la vocación.
Yo nunca pensé en ser sacerdote y, por tanto, tampoco en irme al Seminario. Siempre pensé en casarme y tener una vida como la mayoría de las personas. Había dejado incluso la catequesis unos cursos después de hacer la comunión. Al llegar a la Universidad fue cuando, por la Providencia de Dios, acabé estudiando una carrera que no sabía muy bien de qué iba (como casi la mayoría de los que van a la universidad cuando empiezan) y también acabé sentado cerca de tres muchachos del grupo de pastoral universitaria. Ellos, tras mucho intentarlo, consiguieron que fuese a su grupo y ahí empezó el cambio. Teníamos catequesis y oración. Fui viendo cómo Dios me amaba y cómo Él sabía mejor que nadie para qué me había creado, para qué estaba hecho. ¿Y si Dios me pidiera ser sacerdote? Esa pregunta tronó en mi corazón un día. Digo tronó porque supuso para mí una lucha, no quería ser sacerdote, me gustaba la vida que llevaba. Fueron unos años un poco difíciles porque era una lucha fuerte. Gracias a mis compañeros, a mi director espiritual, a la Virgen, a todo lo que me rodeaba… en fin, gracias a Dios fui poco a poco viendo que me tenía que fiarme y que si quería ver si realmente Dios me llamaba lo mejor era hablar con los formadores del Seminario y acabar por irme y allí sería el mejor lugar para salir de dudas.
3. Y luego entraste al Seminario. ¿Qué impresión causó el Seminario a un joven habituado al ajetreo de la vida universitaria?
Bueno, me costó mucho, estaba acostumbrado a tener una gran libertad, entrar y salir sin pedir cuentas a nadie, proponerme mis horarios, quedar con amigos cuando me apetecía y todo eso es difícil en el Seminario. Sin embargo, las ganancias fueron muchas: disponer de una capilla a cualquier hora, acompañamiento espiritual, confesión, unos formadores velando siempre por ti (y, por cierto, cada vez más familiares con el paso del tiempo), unos compañeros extraordinarios que comparten tus ideales y que se convierten en tus grandes amigos (compartes con ellos días enteros durante varios años). El saldo es muy positivo.
4. Nos gustaría que nos contaras alguna anécdota de esos años de formación en el Seminario. Seguro que hay algunas muy interesantes.
Han sido muchas las anécdotas y muchos los cuidados que Dios me ha hecho (como a todas las personas). Pero supongo que se refiere la pregunta a vivencias con la gente dentro del Seminario. Tendría que resaltar muchas cosas: preparaciones de Festival de Navidad, excursiones, partidos de fútbol por la tarde… Destacaría el apoyo que siempre que lo he necesitado me han dado mis compañeros y mis formadores. Recuerdo, especialmente, el viaje a Tierra Santa y el Camino de Santiago, fue algo inolvidable.
5. Una vez terminada tu formación en el Seminario has iniciado este curso la etapa pastoral en tu destino de Moral de Calatrava. Es un cambio enorme pasar de la vida en la comunidad del Seminario a vivir junto a un sacerdote en un pueblo. ¿Qué destacas de esta nueva etapa?
Estoy encantado. Realmente, uno no tiene vocación de seminarista sino de sacerdote. Poder estar y ayudar a la gente, participar de la vida de la parroquia, rezar en y por un pueblo concreto, llevar el mensaje de esperanza que Dios nos ha mostrado.
6. Para tu nueva parroquia será un acontecimiento recibir a un seminarista y más aún vivir su ordenación de diácono. ¿Cómo te ha acogido el pueblo de Moral de Calatrava? ¿Qué dice la gente a un chico a punto de ordenarse?
Muy bien, es un pueblo encantador, muy acogedor y muy religioso. Hay mucha actividad pastoral y se puede trabajar mucho. Eso me llena de alegría. Es verdad que no debemos tener el fundamento en el éxito de nuestras actividades pero te llena de alegría tener un gran campo de trabajo y respuesta. Dios quiera darme su gracia para poder corresponder.
La gente pide y reza por mí, desean que sea un buen sacerdote.
7. Por último nos gustaría que nos explicases qué es un diácono y qué funciones tiene en la Iglesia. Para mucha gente el diacono es tan sólo el paso previo hacia el presbiterado pero desconoce su identidad. ¿Nos puedes aclarar brevemente qué es un diácono y que hace?
El sacramento del orden tiene tres grados. Primero el de obispo, segundo el de presbítero y tercero el de diácono (aunque se reciben en orden inverso). Diácono quiere decir servidor. Los diáconos sirven a la Iglesia entera y ayudan a los obispos y a los presbíteros en su tarea de apacentarla. Los diáconos hacen promesa de obediencia al Obispo y a sus sucesores. Los diáconos pueden ser casados o célibes según el estado en que reciban el sacramento del orden. Los célibes, como es nuestro caso (Francisco José y mío) hacen promesa de celibato. Básicamente, un diácono puede celebrar bautizos, matrimonios, entierros, puede dar la bendición, leer el evangelio en las Eucaristías y decir la homilía.