“DIOS ACTUA EN CADA HISTORIA”
Alberto Domínguez García-Ceca

                       
           
La palabra que puede definir mi vida como cristiano es GRACIAS, pero gracias a Dios. Digo esto porque yo soy ahora mismo lo que soy no por iniciativa propia, sino porque Otro irrumpió en mi vida de forma muy sutil y en muchas ocasiones, tengo muy claro que la iniciativa ha sido de ese Otro. Esto lo puedo explicar de la siguiente manera: es como si yo fuese el personaje de una historia que está escribiendo Otro y yo voy desarrollando eso que Otro tiene preparado para mí, eso sí teniendo siempre en cuenta mi libertad. Esta es la forma del actuar de Dios en la vida de las personas. Un ejemplo lo tenemos en María, Dios le pide “permiso” para poder llevar en ella a término su plan salvífico. Otros ejemplos son los profetas como Jeremías,...

            Mi vida como cristiano y como vocacionado es un proceso de crecimiento en Cristo y con Cristo. Como he dicho antes, soy lo que soy porque siempre ha habido alguien a mi lado que me ha ayudado a discernir los signos de Dios en mi vida, ya que uno por sí mismo muchas veces está tan ciego que no se da cuenta de que Dios pasa a su lado hasta que ya ha pasado.

            Yo, gracias a Dios, he sido un joven que desde muy niño entré en relación con Cristo “por casualidad”, o al menos eso parecía. Fue una noche, cuando yo era muy pequeño. Me escapé de mi casa y mis padres anduvieron buscándome y nadie, ni mis abuelos, ni hermanos, ... sabían donde estaba hasta que por fin alguien les dijo que estaba junto a la imagen del Stmo. Cristo. Como ya he dicho, esto parece un mera casualidad, sin embargo, releyendo  el evangelio de Lucas,  me doy cuenta como al mismo Jesús le sucedió algo parecido.

            La cosa no termina aquí. Entonces, comencé a ser monaguillo cuando apenas se me veía por encima del altar, cuando hasta yo mismo ni siquiera entendía qué hacía y por qué lo hacía. Fui creciendo siempre en contacto con el Templo, con Cristo y con la gente que me rodeaba (cuantas veces Dios utiliza a esta gente para comunicarnos sus designios a través de sus gestos y palabras). Por tanto, puedo decir que mi  vida cristiana y mi vocación están en estrecha relación con la eucaristía, con la entrega por amor y con el servicio a los demás, cosa de la que me fui dando cuenta con el paso del tiempo y, sobre todo, cuando empecé a acompañar a los seminaristas a llevar la comunión a los enfermos, cosa que también sucedió “por casualidad”, porque fue cuando D. José estuvo enfermo y no podía acompañarlos y entonces me tocó a mí. Como he dicho, fui creciendo en este ambiente en el que se respiraba a Dios. Por todo esto, juntando mi corta edad y mi servicio al Templo me identifico con el pequeño Samuel y su actitud “habla Señor, que tu siervo escucha”, y escuché hasta tal punto que tuve miedo y me eché atrás porque para mi corta edad era mucho lo que Dios pedía de mí, todo me encaminaba hacia el seminario: mi párroco me lo propuso, yo  era una cosa que no descartaba, el seminarista que aquel año estaba en mi pueblo de pastoral también me lo proponía,... pero yo tuve miedo era mucho lo que tenía que dejar: padres, amigos, poder hacer aquello que los jóvenes hacían, no poder formar una familia,..., es decir, antepuse mis deseos de futuro a la voluntad de Dios. En fin, pasaron los años y aquella idea no se esfumaba, seguía latente, pero aún así mis planes de futuro no iban dirigidos hacia el sacerdocio, yo pensaba estudiar, acabar el bachiller, hacer una carrera, estar con una chica y más tarde formar una familia, siempre siendo un cristiano comprometido, pero nada más. Y como se suele decir, quien con fuego anda acaba quemándose, aunque no quiera. Siguieron pasando los años, y yo fui creciendo y mi forma de ver las cosas era muy distinta a la forma que tenían los de mi edad. Yo veía el mundo y a los jóvenes de mi alrededor como personas sedientas, personas que andaban descarriadas sin encontrar sentido a sus vidas, con el único pensamiento de vivir el momento presente, sin ningún otro tipo de preocupación, es decir, personas rotas; sin embargo, yo no veía las cosas de ese modo, yo veía que  faltaba algo pero ¿qué era ese algo?  Yo recuerdo que hablaba sobre estas cosas con otro seminarista y éste me dijo: ¿por qué no te vas al seminario?, esto para mí fue como si me echasen un jarro de agua fría, hasta tal punto que el muchacho me dijo que si me molestaba hablar del tema. Esta propuesta en medio de todos esos pensamientos me hizo replantearme todo mi futuro, además fue el año de mi confirmación. Veía como los planes que yo tenía hechos se tambaleaban ante una situación que no podía controlar, ya que me disponía a hacer no mi voluntad sino la de Otro, mi vida iba a dar un giro completo; de ser yo el que marcase los tiempos a ser Otro el que me los marcase. Esta idea me atemorizaba por lo que intente dar largas, al igual que hizo el profeta Jeremías: “mira que soy como un niño que no sabe hablar”, fíjate en otro, hay gente con más cualidades que yo y que podría desempeñar la misión con mayor éxito que lo pudiera hacer yo.

            Yo intentaba dar la espalda a todos estos hechos pero, sin embargo, la forma de mirar y ver la realidad no cambiaba parecía que detrás de esta manera de ver las cosas de forma distinta a la mayoría había algo más, pero no era capaz de ver, me faltaba algo que me hiciese comprender, pero ¿qué era ese algo?
Al año siguiente, llegó otro seminarista a mi pueblo y ese año fue decisivo. Fue un año en el que profundicé en el amor que Dios nos tiene en su Hijo, sobre todo, cuando me iba a dar la comunión a los enfermos. Fue un año en el que tanta insistencia para ser sacerdote no era algo normal, y abrí la puerta al por qué no podría ser sacerdote.

            Al año siguiente, ayudado por otro seminarista me decidí a dar el paso y pasarme un día por el seminario para hablar con D. Lorenzo y D. Manuel, formadores del Seminario, y recuerdo que fue en aquellas conversaciones donde me dí cuenta que Cristo me llamaba para algo más. Cuando hablé con ellos y les conté mi experiencia, y esa forma peculiar de vivir y de ver la realidad que me rodeaba, ellos me iluminaron y me ayudaron a poner la pieza que faltaba en el puzzle, el mismo Jesús -me dijeron- veía la realidad de forma muy distinta a como la veían sus contemporáneos, y así nos lo cuenta el evangelista Mateo: “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. Esta frase del evangelio resume todo el proceso de mi vida, irse enamorando de Cristo lo que te lleva, incluso sin querer, a salir de ti para darte Cristo y a los otros por entero. A partir de este pequeño descubrimiento, que para mi fue muy grande, y al que me ayudaron otros que Dios puso “por casualidad” en mi vida, decidí dar el gran paso; porque la vida consiste en ir dando pasitos que te van encaminando a vivir la voluntad de Dios en tu vida.

            Ahora estoy, gracias a Dios, muy contento, porque creo que estoy dando respuesta a lo que ha sido una constante llamada de Dios. Os puedo asegurar que uno no llega a la plena felicidad hasta que no realiza los planes de Dios en su vida. Aunque sean muchas las cosas que te ofrece la vida todo esto queda en nada ante lo que es el verdadero sentido de nuestro existir, Cristo.  En este período de mi vida, sólo puedo decir como en su momento dijo María: “Hágase en mí según tu palabra” y “Proclama mi alma la grandeza del Señor porque ha mirado la humillación de su esclava”.

            A vosotros os animo a que no tengáis miedo a daros por entero a Cristo,  en la vocación a la que Él os llama, y buscad porque buscando encontraréis, ya que aquel que tiene sed encuentra la fuente, pero el que no tiene sed no encuentra el manantial. Y por último, sed siempre fieles a Jesús aunque el mundo que os rodea no os comprenda, porque incluso detrás de esta incomprensión, por parte del mundo, puede hablaros Dios. 

 

 

Alberto Domínguez García-Ceca

Seminario Diocesano de Ciudad Real
Apdo Correos 78, 13002
CIUDAD REAL, España
Telf. 926 23 03 28